Es hora de revisar y corregir errores en la vida familiar


La oportunidad de arrepentirnos, cambiar y emprender una nueva vida familiar con ayuda de Dios, es posible hoy. Es fundamental que demos el primer paso.


Como cristianos, el primer espacio en el que estamos llamados a marcar la diferencia, es en el hogar. Es allí, interactuando con nuestro cónyuge e hijos, en donde evidenciamos si verdaderamente el Dios de poder obra en nuestro ser o, por el contrario, levantamos barreras para Su ministración en nuestra forma de pensar y actuar.

En el evangelio de Juan leemos:

«En esto es glorificado Mi Padre, en que den mucho fruto, y así prueben que son Mis discípulos.» (Juan 15: 8 | NBLA)

Es en nuestro desenvolvimiento, incluso a partir de las pequeñas cosas y con detalles que otras personas pasarían inadvertidas, como testimoniamos de la gracia del Señor en nuestras vidas. Alrededor del tema, el apóstol Pablo escribió:

«Entonces, ya sea que coman, que beban, o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios.»(1 Corintios 10: 31 | NBLA)

Dos versos de las Escrituras, sencillos, pero poderosos. Dejan claro que, si realmente somos discípulos comprometidos de Jesús, daremos lo mejor de nosotros—prendidos de la mano del Padre—para generar un espacio de convivencia, diálogo y crecimiento en el hogar.

Cabe aquí rescatar las palabras del autor de pensamiento reformado, Scott Brown:

«La Iglesia es más saludable cuando prospera la vida familiar bíblica. Además, el mundo es bendecido cuando los padres de familia asumen su posición de pastor de la familia. Así como la Iglesia de Cristo es la columna y el fundamento de la verdad, la familia bíblica puede ser una salvaguarda bíblica del evangelio y un campo bendecido y fértil para la evangelización. También, la verdad del evangelio se demuestra por la estructura misma de la familia. Debido a estos factores, no nos sorprenda que el diablo odie los designios y el propósito de Dios para las familias.»

Estamos a tiempo para auto evaluarnos e imprimir cambios. No en nuestras fuerzas, sino en el poder que proviene de Dios.

SUPERAR DIFICULTADES EN EL HOGAR

Dios no nos prometió jamás que en el hogar no tendríamos dificultades. Son apenas previsibles. Y, aun cuando el pecado es el origen de todos los problemas, con Su divina podemos superar las dificultades que salgan al paso.

Hay tres factores que avivan las diferencias con el cónyuge y con los hijos:

  • Culpar a los miembros de familia.
  • Vernos a nosotros mismos como víctimas.
  • No asumir la responsabilidad por nuestros equívocos.

Generalmente el problema está en nosotros, no en quienes conforman nuestro círculo familiar. Cuando entendemos en su dimensión qué significa vivir y movernos bajo la Gracia, asumimos los errores. Es un paso de cambio que resulta edificante.

El Señor Jesús deja muy claro el asunto, como leemos en el evangelio de Marcos:

«Llamando de nuevo a la multitud, Jesús les decía: «Escuchen todos lo que les digo y entiendan: no hay nada fuera del hombre que al entrar en él pueda contaminarlo; sino que lo que sale de adentro del hombre es lo que contamina al hombre.» (Marcos 7: 14, 15 | NBLA)

Si reconocemos que fallamos, pedimos perdón al Supremo Hacedor con arrepentimiento sincero, sin duda experimentaremos crecimiento.

El asunto es que el mundo, con todas sus enseñanzas de error, nos ha condicionado no solamente para ofender y herir emocionalmente a nuestro cónyuge e hijos, sino también para justificar lo que hacemos. Por ese motivo, el Señor Jesús advirtió:

“También decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de adentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, engaños, sensualidad, envidia, calumnia, orgullo e insensatez. Todas estas maldades de adentro salen, y contaminan al hombre».” (Marcos 7: 20-23 | NBLA)

En pocas palabras: lo que contamina al género humano es aquello que atesoramos en el corazón.

Insistimos en algo: Satanás es quien, a través de artilugios—entre ellos sembrando la disensión, el resentimiento y los malentendidos—quiere acaban con una institución como la familia. Permítame citar nuevamente al autor, Scott Brown, cuando escribe:

“En el jardín del Edén, comenzaron los primeros ataques del diablo contra la Palabra de Dios que afectaron directamente la institución del matrimonio y el fruto del matrimonio creado por Dios, a saber, la familia. La serpiente convenció a una esposa de que Dios no era bueno y menoscabó su Palabra. El marido no protegió a su esposa que era vulnerable y el veneno mortal del pecado entró al mundo. Su fruto amargo apareció en la primera generación de los hijos: El primer hijo mayor en la historia asesinó al primer hermano menor. Y el diablo sigue hasta hoy librando una guerra sin tregua contra la familia”.

Desde los albores de la creación el propósito del adversario espiritual es minar y destruir los hogares. Usted y yo, como discípulos de Jesucristo, estamos llamados a impedirlo.

EL PRIMER LUGAR PARA DIOS

Al reconocer nuestro pecado que alimenta el orgullo y las reacciones que se derivan de este sentimiento, reconocemos la necesidad de que Dios ocupe el primer lugar en la vida familiar.

  • Son esenciales al menos cinco ingredientes:
  • Arrepentimiento sincero (Hechos 17: 30)
  • Conversión de corazón a Cristo.
  • Cambiar nuestro rumbo de vida, que incluye, la forma como pensamos y actuamos (2 Corintios 7:9-11)
  • Abrir nuestro corazón para el trato de Dios.

En esa dirección, vale la pena aclarar que remordimiento no necesariamente significa arrepentimiento genuino.

ARREPENTIMIENTO COMO PASO PARA CAMBIAR Y CRECER

Cuando causamos daño a los integrantes de la familia, afrentamos a Dios, que la creó e instituyó. Sobre el particular, es importante tener en cuenta lo que enseña el salmista:

«Contra Ti, contra Ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de Tus ojos, de manera que eres justo cuando hablas, y sin reproche cuando juzgas.» (Salmo 51: 4 | NBLA)

Debemos reconocer que, al obrar mal al interior del hogar, ofendemos a Dios. Lo apropiado, al reconocer que hemos fallado, es disponernos a cambiar como en su momento hiciera el publicano Zaqueo, en Jericó (Lucas 19: 8, 9)

Es fundamental hacer lo justo  y agradable en honor a Aquel que, por la obra de Jesús en la cruz, nos hizo justos, por su infinito amor, misericordia y gracia. En cambio, cuando justificamos las razones para los equívocos, cerramos nuestro corazón al proceso de transformación y crecimiento (Génesis 4: 13)

Justificar nuestros pecados, que incluyen dañar a los componentes de la familia, nos enferma física y espiritualmente, como enseña la Palabra:

«Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió con mi gemir durante todo el día. Porque día y noche Tu mano pesaba sobre mí; mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano. Te manifesté mi pecado, y no encubrí mi iniquidad. Dije: «Confesaré mis transgresiones al Señor»; y Tú perdonaste la culpa de mi pecado.»(Salmo 32: 3-5 | NBLA)

¿Y si hemos fallado mucho? Insistimos: es tiempo de acogernos a la Gracia de Dios, quien perdona al ver el arrepentimiento sincero del corazón (Cf. Lucas 17; 3, 4).

Recuerde lo que anota el apóstol Pablo en su carta a los creyentes de Roma:

«La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios» (Romanos 8:7-8 | NBLA)

La oportunidad de arrepentirnos, cambiar y emprender una nueva vida familiar con ayuda de Dios, es posible hoy. Es fundamental que demos el primer paso. El Señor, no solamente conoce nuestro corazón y la sinceridad del arrepentimiento, sino que nos ayuda en el proceso de transformación diaria.


© Fernando Alexis Jiménez | Ministerios Vida Familiar | #RevistaVidaFamiliar


Escuche Vida Familiar con Fernando Alexis Jiménez en formato de Podcast;

 

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