Levántese y reemprenda el camino por la Gracia de Dios


Cuando conocemos y nos apropiamos de la Gracia de Dios, no nos quedamos derribados en el suelo. Reconocemos nuestros pecados y, prendidos de la mano de Jesucristo, reemprendemos el camino.


Si algo marcaba la diferencia en la vida de Harold, era que sabía sinnúmero de versos de la Biblia. Los recitaba con fluidez, sin equívocos. Despertaba la admiración de sus compañeros del centro de rehabilitación en el que surtía un proceso para abandonar el consumo de marihuana y cocaína.

Con ayuda del Señor Jesucristo pronto saldré de esa situación.

Lo repetía una y otra vez con una enorme sonrisa, que franqueaba todas las barreras que pudieran levantar las personas a su alrededor.

Su tormento comenzó el día que lo enviaron a la ciudad. Debía realizar unas diligencias. El director del centro, confiaba en Él. “Has madurado bastante en tu fe”, le repetía.

Harold no regresó al centro, ni esa tarde, ni al día siguiente ni la semana entrante. Sencillamente se quedó en la sucesión de casas desvencijadas donde se concentraban los drogadictos, en Cali.

Irónicamente al lugar lo llamaban “La entrada al cielo”. Era la forma de aludir al espacio donde consumían toda suerte de sustancias. No salían de allí hasta que se quedaban sin un solo peso para comprar vicio.

A Harold lo encontré en la emblemática Plaza de Cayzego, en pleno centro de la ciudad. En estado de indigencia. No podía reconocerlo.

Recaí en las drogas… –me dijo con amargura.

–¿Y no volverás al centro de rehabilitación? Podemos hablar con el director para que te ingrese hoy mismo.

No, me quedo acá. No tengo perdón de Dios y, menos, de los demás, de quienes fueron mis compañeros. No entenderán por qué volví atrás, si tenía un avance significativo…

ES TIEMPO DE ACOGERSE A LA GRACIA DE DIOS

La historia de Harold no es única. Se repite cada día en infinidad de personas. Puede que algunos no estén inmersos en la farmacodependencia. Su debilidad puede ser otra. Y al caer, prefieren quedarse postradas. Se dejan arrastrar por las estratagemas de Satanás.

Aun cuando el perdón del Señor está a nuestro alcance, el adversario nos bombardea con temor y duda.

El autor y ministro bíblico, Paúl Washer, escribe:

“… El diablo nos hará dudar. Es más, nos llevará a creer que es inconcebible la bondad de Dios y nos tentará a alejarnos de Él hasta que, consideres, es el período de tiempo apropiado para que se calme su ira y hayamos probado en Su presencia, la sinceridad de nuestro quebrantamiento por haber pecado. Las mentiras del adversario espiritual son fuertes y han derribado a santos más grandes que usted y yo. El único escudo o baluarte de la fe en contra de la flecha en llamas que nos arroja Satanás, es aferramos a las promesas de Dios.”

Si de algo no podemos ni debemos dudar jamás, es de la gracia del Padre. El apóstol Juan abordó el asunto en los siguientes términos:

“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros.” (1 Juan 1:8-10 | NBLA)

Es evidente que absolutamente todos pecamos; de la mano con este hecho innegable, que la fidelidad y justicia de Dios nos asegura el perdón cuando acudimos a Su trono.

ENTONCES, ¿QUÉ ES NECESARIO?

No se necesitan hacer grandes esfuerzos ni como se tiene costumbre en países latinoamericanos, como México o Colombia, en donde las personas se desplazan de rodillas hasta llegar a la basílica o templo donde veneran alguna imagen. Llegan sangrantes y adoloridos. Tienen el firme convencimiento de que recibirán perdón por sus pecados o, quizá, algún milagro.

¿Qué se requiere, entonces? Un proceso sencillo. La respuesta está en los siguientes pasos:

1.- Reconocer nuestro pecado. No culpar a otras personas.

2.- Asumir nuestra responsabilidad (Lucas 5: 8)

3.- Evidenciar un arrepentimiento sincero en respuesta a la misericordia y gracia divinas (Romanos 2: 4)

4.- Pedir perdón a Dios (Números 14: 19; 1 Juan 1:8-10)

En la gracia de Dios, hay una nueva oportunidad, como escribió el profeta Zacarías hablando de parte de Dios y que continúa vigente en nuestro tiempo:

“En aquel día habrá una fuente abierta para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, para lavar el pecado y la impureza.” (Zacarías 13: 1 | NBLA)

Si millares de personas conocieran más del amor de Dios, sus vidas experimentarían transformación. Desafortunadamente ese no es el enfoque que se predica en algunos espacios, sino condenación. Presentan primero al Dios castigador, antes que el Dios de amor para caminar en Su voluntad, para honrarle y glorificarle.

Dios nos llama al arrepentimiento. Aun cuando somos pecadores, viene a nuestro encuentro. ¿De qué manera? Hay por lo menos dos vías:

  • A través de nuestra lectura sistemática de la Biblia.
  • Por alguna circunstancia que nos confronta.

No podemos desestimar que, quien levanta barreras, es Satanás. Nos lleva a experimentar desasosiego, temor y una distinción de la verdadera imagen del Señor y de su misericordia.

¿QUÉ ESPERA DIOS DE NOSOTROS?

Aquí podemos citar al menos cinco aspectos que, en consonancia con las Escrituras, entendemos que es cuanto Dios esperaría de nosotros:

1.– Disposición de corazón (Salmo 51. 17)

2.- Actitud sincera (Isaías 57: 15)

3.- Rendición al Señor (Salmo 51: 7; Isaías 66:2)

4.– Disposición para el cambio y crecimiento permanentes (Mateo 5: 4-6)

Es esencial que nos apartemos del pecado. No es una imposición, sino algo que va de la mano cuando comprendemos la magnitud y nos acogemos a la gracia de Dios. Es gracias al sacrificio redentor de Jesús que se hizo posible. Él nos fortalece para avanzar.

«Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. Por tanto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia para que recibamos misericordia, y hallemos gracia para la ayuda oportuna.» (Hebreos 4. 15, 16 | NBLA)

El Dios de gloria en el que creemos, perdona nuestros pecados, nos brinda una nueva oportunidad y nos afianza en el propósito de cambio. ¿Y si caemos? Es necesario volver la mirada al Padre, arrepentirnos y, tras confesar el pecado, comenzar de nuevo. Este es el día propicio para abrirle las puertas de nuestro corazón a Jesucristo.


© Fernando Alexis Jiménez | Ministerios Vida Familiar | #PensamientoCristianorReformado


Escuche la transmisión de Vida Familiar con Fernando Alexis Jiménez

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